Capítulo uno
El lunes que todo cambió
Carmen tiene las manos enharinadas cuando suena el teléfono.
Son las siete y cuarto de la mañana. Acaba de sacar del horno la tercera bandeja de medialunas y la cocina huele a manteca y azúcar quemada. El teléfono está en el mostrador, entre la caja registradora y un tarro de galletas de avena, y la pantalla muestra un número que no reconoce.
Carmen se limpia las manos en el delantal y contesta.
Del otro lado, una voz amable se presenta: es la gerenta de compras de una cadena hotelera que está abriendo su segundo recinto en la ciudad. Han probado las medialunas de Carmen en un evento, les encantaron, y quieren cerrar un contrato de provisión semanal. Panadería, pastelería, galletas. Un pedido fijo todos los lunes y jueves. Un contrato anual.
Carmen siente que el corazón le da un vuelco. Un contrato así le cambia el año. Le permite contratar a alguien más, arreglar el horno que lleva tres meses haciendo ruidos extraños, quizás pintar la fachada. Dice que sí, que por supuesto, que le encantaría.
La gerenta le pide que le envíe una propuesta formal por correo. Y al final, casi como un detalle burocrático, agrega:
—Ah, y vamos a necesitar que nos acredites cómo manejas los datos personales de tus clientes. Política de privacidad, medidas de seguridad, ese tipo de cosas. Es un requisito del área legal.
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Carmen dice que sí, que lo envía todo junto con la propuesta. Cuelga. Se queda mirando el teléfono con la pantalla apagada.
¿Política de privacidad? ¿Medidas de seguridad? Ella tiene una libreta donde anota los pedidos especiales de sus clientes. Una planilla de Excel donde guarda nombres, teléfonos y direcciones de delivery. Un grupo de WhatsApp donde manda las ofertas del día. Y un cuaderno de recetas que heredó de su madre.
Eso es todo su universo de datos. No tiene un sitio web. No tiene un sistema informático. No tiene idea de qué es una «política de privacidad» ni cómo se escribe una.
Carmen le pide ayuda a su sobrino, que estudia ingeniería. El sobrino busca en internet, encuentra un modelo genérico descargado de un foro, lo adapta a medias, lo pone en un PDF y se lo envía. La propuesta sale el viernes.
El lunes siguiente, la gerenta llama. La voz ya no es tan amable.
—Carmen, lo siento. El área legal revisó la documentación y no cumple con los estándares mínimos que exigimos a nuestros proveedores. No podemos avanzar.
Carmen cuelga. Se queda de pie en la cocina, con el delantal todavía puesto, mirando la bandeja de medialunas que se enfría sobre la mesada.
No perdió el contrato por sus medialunas. No lo perdió por el precio. No lo perdió por la calidad de su trabajo. Lo perdió porque nadie le había explicado, en lenguaje simple, qué tenía que hacer con los datos de sus clientes. Porque no había nadie que le dijera: «Mira, Carmen, esto es lo que necesitas, esto es lo que te piden, esto es lo que puedes hacer en una tarde».
Nadie.
Ahí sigue el libro: el caso de don Raúl, lo que la ley te pide y lo que no, el capítulo de las multas y el plan de 10 pasos.