La gran distracción: Por qué el llamado a «desacelerar» la IA es un problema de caja, no de conciencia (y por qué las pymes no pueden darse ese lujo)

Por Rodrigo Navarrete Cortés
· 05/10/2026

Tabla de contenidos

En los últimos meses, hemos sido testigos de una coreografía mediática casi perfecta: primero, titulares alarmistas sobre supuestos «hackeos» perpetrados por inteligencia artificial; luego, un coro de líderes tecnológicos advirtiendo sobre riesgos existenciales, llegando incluso a asignar una «probabilidad del 10%» a la extinción humana. Sin embargo, al analizar los datos financieros y técnicos detrás de esta narrativa, emerge una realidad mucho más terrestre: el llamado a la regulación y desaceleración no nace de un repentino ataque de conciencia ética, sino de la insostenibilidad económica de una carrera armamentística tecnológica.

La realidad financiera detrás del «pánico ético»

Es normal que una tecnología disruptiva opere con márgenes negativos en sus primeros años. El problema radica en la escala. Empresas como OpenAI, a pesar de reportar ingresos que triplicaron sus cifras recientes (alcanzando los 13.070 millones de dólares en 2025), registraron pérdidas netas astronómicas, cercanas a los 38.500 millones de dólares en el mismo periodo, dependiendo de rondas de inversión multimillonarias para mantenerse a flote. La competencia se ha centrado en lanzar modelos cada vez más avanzados con días de diferencia, lo que dispara los costos de infraestructura e inferencia de manera vertiginosa. Cuando las proyecciones de gasto superan a los ingresos proyectados, ¿Qué mejor estrategia de relaciones públicas que declarar una «pausa responsable por el bien de la humanidad»? La desaceleración se vende como ética, pero resuelve, convenientemente, un problema de flujo de caja.

El mito de la «rebelión» y el error humano

El argumento a favor de la regulación se debilita aún más cuando se le otorgan a los sistemas de IA características puramente humanas, como la intención de «rebelarse». La realidad es que cuando un agente de IA «se escapa», suele ser consecuencia de instrucciones (prompts) ambiguas o entornos de prueba mal configurados por humanos.

Un caso verificado lo demuestra: recientemente, durante una prueba de seguridad tipo «captura de bandera», se le solicitó al modelo Gemini de Google que intentara obtener información de una empresa ficticia. Debido a una vulnerabilidad en el entorno de pruebas que le permitió acceder a internet, el modelo buscó el nombre y terminó accediendo a los sistemas de una empresa real que casualmente compartía esa denominación, utilizando credenciales expuestas en repositorios públicos. Google mismo aclaró que el modelo detuvo su actividad al notar la discrepancia. No fue una «rebelión autónoma»; fue un error de diseño humano y una instrucción mal acotada. El verdadero riesgo no es la máquina, sino el hacker malicioso, el empresario inescrupuloso o el grupo organizado que utiliza estas herramientas. La regulación debe focalizarse en los actores humanos, no en paralizar la tecnología.

La IA como tabla de salvación para la pyme chilena

Mientras las grandes tecnológicas debaten sobre frenar el desarrollo, la economía real enfrenta una batalla distinta. En Chile, legislaciones recientes como la Ley Karin (sobre acoso laboral), la transición a la semana de 40 horas y las reformas al sistema de pensiones, si bien nacieron con la loable intención de proteger al trabajador, han incrementado significativamente los costos operativos y de contratación para las pequeñas y medianas empresas en un contexto económico ya de por sí complejo.

Para muchas pymes, la automatización mediante IA ha dejado de ser una ventaja competitiva opcional para convertirse en un mecanismo de supervivencia. Permite delegar tareas repetitivas, disminuir tiempos de respuesta, aumentar la calidad del servicio y reducir costos operativos a niveles que, de otro modo, serían imposibles de asumir mediante contratación tradicional. Más aún, está habilitando la creación de nuevos modelos de negocio que antes no eran viables por márgenes económicos estrechos.

Adoptar o desaparecer

El debate no debería ser si debemos desacelerar la inteligencia artificial, sino cómo gobernamos su uso malintencionado. Para la pyme, la pregunta ya no es «¿Debería adoptar IA?», sino «¿Cómo puedo hacerlo hoy para proyectarme?». En el escenario actual, la adopción de estas herramientas es el puente obligatorio hacia una economía digital escalable. Frenar la IA por pánicos infundados no solo beneficia a quienes buscan proteger sus márgenes de inversión, sino que le niega a la empresa local su herramienta más poderosa para crecer.

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